«Bueno señoras y señores, nosotros somos las Farc, nos los llevamos del centro de Cali. Eso es lo que dijo alias JJ, cuando notificó a 17 personas de la Asamblea del Valle (entre diputados y asistentes) que estaban secuestradas. Mientras tanto, un guerrillero grababa el episodio. En las imágenes se pueden observar los rostros de sorpresa, indignación y angustia de quienes bajo engaño se subieron a una buseta blanca buscando la protección del Ejército frente a una supuesta amenaza de bomba en el edificio San Luis».

Así empieza el primer capítulo del libro ‘El caso de la Asamblea del Valle: Tragedia y reconciliación’, con el que el Centro Nacional de Memoria Histórica buscó honrar, ante todo, a las personas que fueron asesinadas como resultado de la tragedia en la que se convirtió ese plagio ocurrido el jueves 11 de abril de 2002 y a quienes sobrevivieron a él. “Es un grito de defensa de la dignidad humana desde el dolor de las familias de los diputados del Valle del Cauca y desde el corazón de todos los impactados por uno de los hechos más desgarradores del conflicto armado colombiano”, escribió en el prólogo el padre Francisco de Roux, presidente de la Comisión de la Verdad.

Una dignidad que hoy, 20 años después, esposas, padres, madres, hijos, hermanos y otros seres queridos de Rufino Varela, Carlos Alberto Barragán, Jairo Javier Hoyos, Alberto Quintero Herrera, Juan Carlos Narváez, Edinson Pérez, Nacianceno Orozco, Carlos Alberto Charry, Francisco Javier Giraldo, Ramiro Echeverry y Héctor Fabio Arismendy, sienten que aún no les ha sido restituida completamente. «Las Farc querían posicionarse como grupo insurgente y Uribe dijo que no
les iba a dar ese protagonismo y prefirió no hacer el intercambio humanitario
y nosotros quedamos condenados a muerte»: Sigifredo López, sobreviviente.

Es el mismo sentimiento que embarga a Sigifredo López, único diputado sobreviviente del secuestro que para sus compañeros terminó el 18 de junio de 2007, cuando fueron asesinados por esa misma guerrilla estando todavía en cautiverio.

“Creo que es un compromiso moral no solo de las familias sino de la sociedad, recordar a quienes dieron su vida por este país, a quienes tuvieron que sufrir en carne propia los horrores de la guerra. El mejor homenaje que se les puede hacer es manteniéndolos en la memoria de todos, que es lo que hacemos nosotros permanentemente, pero sobre todo en estas fechas, cuando se conmemora el aniversario del secuestro”, asegura Fabiola Perdomo, quien fuera la esposa de Juan Carlos Narváez, entonces presidente de la Asamblea del Valle del Cauca.

Con ese propósito, el de homenajearlos, a las 11 de la mañana de hoy se realizará una eucaristía en la iglesia de San Francisco, en el centro de Cali, a la que se está convocando a todas las familias de los diputados.

“Le hemos dado la voz a Sigifredo, para que sea él quien hable, más que en representación nuestra, en representación de sus once compañeros, con quienes compartió cinco años en cautiverio, donde pudieron vivir diferentes experiencias, casi todas negativas, de dolor, de tristeza”, explica Fabiola, la mamá de Daniela, quien tenía 3 años de edad cuando su papá fue secuestrado.

Ella hace parte de ese puñado de niños y niñas que tuvieron que crecer conociendo a sus padres a través de las ocasionales pruebas de supervivencia que recibían y hablándoles a través de mensajes radiales de los que no tenían la certeza de que pudieran escuchar en medio de las selvas donde los tenían.

Además, tuvieron que aprender a combinar sus días de colegio y sus tardes de juego con marchas, misas y notas periodísticas en las que clamaban por un intercambio humanitario que no entendían bien, pero les brindaba la ilusión de un posible reencuentro.

Una petición que resultó tan vana como la esperanza de que, de la mano de sus progenitores, la normalidad volviera a sus vidas. Sin embargo, en medio del dolor, han logrado forjarse un futuro y hoy no solo son ejemplo de superación sino de reconciliación.

“Conocer la historia del conflicto nos permite, como sociedad, rechazar cualquier tipo de situación similar, pero también saber del dolor que causa a los hogares colombianos”, dice Laura, una de las dos hijas de Carlos Alberto Charry, otra de las víctimas morales del secuestro, mientras lamenta los sueños familiares que el plagio les truncó.

“La guerra ha destruido millones de hogares, ha cobrado vidas de seres queridos valiosos, no nos podemos acostumbrar al sufrimiento, al dolor y a la pérdida de seres humanos”, añade.

Por eso, Sigifredo López le hace un llamado a la Jurisdición Especial de Paz, JEP, que tiene a su cargo la investigación del caso de los diputados para que este tenga mayor celeridad.

“Resulta que la JEP tiene un sistema distinto a la justicia ordinaria: la víctima dice una verdad y le corren traslado al victimario y le dicen ‘usted qué piensa de lo que dijo la víctima’ y luego él dice esto y le corren a uno traslado para que opine y nos la pasamos en eso. Yo he apoyado a la JEP, pero es que la sociedad colombiana siente que no hay justicia, que se está convirtiendo en una burla. Yo entiendo que esto no es venganza, pero sin burlas, con reparación a las víctimas”, señala.

Las otras víctimas

”A Carlos Alberto me gustaría que lo recordaran como ese referente de que los policías buenos son más, en este momento, en que muchos, carcomidos por el odio, intentan desprestigiar la institución, y otros muchos con su mal comportamiento no ayudan, porque visten el uniforme solo como un disfraz pero por dentro no tienen amor ni por ellos mismos”.

Así se expresa Luz Marina Cendales, hermana del subintendente de la Policía Carlos Alberto Cendales Zuñiga, quien el día del secuestro murió tras ser degollado por un guerrillero que se dio cuenta de que el uniformado se había percatado de que algo no andaba bien con los supuestos militares que habían llegado a la sede de la Asamblea para alertar sobre una supuesta bomba que habían puesto en el lugar.

”Lo que Carlos Alberto hizo el 11 de abril de 2002 nos llena de nostalgia pero a la vez de orgullo: saber que, como él, hubo y hay muchos policías, soldados de tierra mar y aire, dispuestos a dar hasta su vida por los demás, en cumplimiento de su deber, pero sobretodo porque quieren y luchan por un mejor país para las futuras generaciones”, agrega la autora del libro ‘Un sueño para morir’, en el que relata la historia de su hermano, que para el momento de su asesinato tenía años de edad.

Pero Carlos Alberto no fue la única persona que falleció ese día, producto del secuestro. Walter López, quien conducía un carro de RCN en el que se transportaban los periodistas que cubrían la huída de la guerrilla con los diputados, fue impactado por una bala de ametralladora disparada desde un helicóptero del Ejército que buscaba detener el avance de los camiones de las Farc.

En los mismos hechos resultó herido el camarógrafo Héctor Sandoval, de la misma cadena de televisión, quien fue trasladado al Hospital Universitario del Valle, pero falleció al día siguiente.

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