Desde su taller La casa Embrujada, ubicada en el poblado La Jagua (Huila), Garzón dibuja y bosqueja con rayas espontáneas lo que después muta a escultura. La convierte en maqueta, compone la cera, que pasa a ser perdida, la funde en bronce y nace un nuevo canto.

A través de 25 piezas, Garzón da cuenta de su conexión con el campo y de cómo captura el alma de su cotidianidad. Las esculturas que se exhiben en la Galería de la Aduana en Barranquilla, estarán hasta el 31 de agosto.

Las figuras moldeadas en bronce dejan que el viento las acaricie. De hecho, son esculturas con movimiento: pescan, cocinan, cargan alimentos, leen, lavan y se mecen en hamacas. Recuerdan que, mientras la guerra los golpea, ellos no descansan. 

Garzón vive perdido en las voluptuosidades. La mayoría de mujeres que esculpe gozan de senos grandes, caderas prominentes y cinturas pequeñas. Son pícaras, sensuales y objeto de deseo. Es en sus cuerpos donde Garzón proyecta lo que más le atrapa de la mujer, por lo que hay una fuerte carga erótica, pero también una mirada que las hace ver nobles y trabajadoras. 

 Los campesinos que retrata Garzón cargan sobre sus hombros o en varas las gallinas y los trastes, mientras se desplazan, casi siempre, con un perro flaco que los acompaña.

Fuente: El Heraldo

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